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¿Qué pasa con los Pueblos cuando la derecha toma el poder?

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Promover la desigualdad es un acto inhumano

Publicado: 31/05/2024 06:00 PM

La derecha siempre trabaja por sus intereses, y es por eso que una vez que toman el mando político, eliminan todos logros alcanzados por el Pueblo para su bienestar y con el fin de sustentar esta afirmación, podemos hacer una revisión sobre los reveses que afrontaron los Pueblos de la región una vez que ellos tomaron el poder.

El economista argentino Claudio Katz, explicó en un artículo llamado Embestidas y fracasos de la derecha en América Latina” publicado en la página del Comité para la abolición de deudas ilegítimas (CADTM), y aquí traemos cómo ha sido su comportamiento en Brasil, Argentina, Bolivia, Argentina, Ecuador y Colombia, por nombrar algunos ejemplos en un análisis de cada caso que ilustra el perfil de esta corriente en América Latina:

Brasil                                 

En su gestión, el expresidente Jair Bolsonaro produjo un estancamiento estructural de la economía y agravó la regresión social, repitiendo la tragedia del hambre que afecta a 33 millones de personas. Ese flagelo es particularmente chocante, en un país que ocupa el tercer lugar en el ranking mundial de productores de alimentos.

Además, Bolsonaro dio sobradas pruebas de sus pretensiones fascistas, multiplicó la violencia cotidiana, la intimidación laboral y el miedo, con 40 asesinatos semanales en las principales ciudades.

Tampoco pudo sustituir el régimen político vigente por alguna versión de totalitarismo. El expresidente Bolsonaro protagonizó un asalto al Congreso, al Palacio de Planalto y a la Corte Suprema, que pretendió forzar la intervención del ejército, su “plan B” era forzar un escenario de ingobernabilidad, para debilitar al gobierno de Lula Da´Silva en el comienzo de su gestión (Stedile y Pagotto, 2023).

                                                                               

Bolivia

El fracaso de una asonada en Bolivia anticipó a comienzo de año el desenlace de Brasil. También allí se consumó un fallido intento golpista, para repetir con Luis Arce el golpe de Estado que derrocó a Evo Morales en el 2019.

Contra Morales, la ultraderecha representada por Jeanine Añez, quien se desempeñaba como vicepresidenta de la Cámara del Senado de Bolivia, aportó bandas armadas para secuestrar dirigentes sociales, asaltar instituciones públicas y humillar opositores. Reiteró su vieja conducta de soporte de las intervenciones militares, contra gobiernos enfrentados a la embajada estadounidense.

Ese golpe fue la intervención militar más cínica de las últimas décadas en Suramérica. No tuvo disfraz institucional ni máscara blanda. Evo Morales fue forzado a renunciar a fuerza de pistola cuando los generales se negaron a obedecerlo. No dimitió por simple agobio, fue expulsado de la presidencia por la cúpula del ejército.

Pero la principal peculiaridad de esa operación fue el tinte fascista que aportaron los políticos de derecha y así, instauraron el terror en las "zonas liberadas" por los uniformados y bajo la conducción de Luis Fernando Camacho, principal político opositor a Evo Morales pusieron en práctica las proclamas de Bolsonaro: Con biblias y rezos evangélicos quemaron casas, raparon mujeres y encadenaron periodistas.

Por el lado del racismo, vimos como los agresores de derecha arremetieron con gritos contra el cholo, mientras se burlaban de los coyas, quemaban la bandera Whipala y golpeaban a los transeúntes de la raza denigrada, implantaron en La Paz el vandalismo que habían ensayado en su reducto de Santa Cruz; todo esto protegido por la fuerza policial.

Ese odio contra los indios nos recuerda la provocación inicial de Hitler contra los judíos, Añez nunca disimuló su desprecio hacia los Pueblos originarios, en sus llamados a la violencia explicaba que las mujeres de las nacionalidades originarias son brujas satánicas y que los hombres “están hechos para servir”, con esta premisa creó legiones de violentos para humillar a los indígenas (Katz, 2019).


Argentina

La expansión de la ultraderecha en el país del sur es la más reciente y al igual que en Brasil despuntó en la confrontación con un gobierno de centroizquierda. Los primeros destellos en las marchas callejeras contra el kirchnerismo fueron capturados por el conservadurismo tradicional y catapultaron a Mauricio Macri al gobierno en 2019.

El expresidente Macri dejó a ese país endeudado con el Fondo Monetario Internacional (FMI) por 44 mil millones de dólares, con denuncias de desvío de ese dinero e irregularidades en la contratación de dicha deuda.

Ahora, con la llegada Javier Milei a la presidencia, quien ha adoptado una pose escandalosa, derrocha demagogia para capturar el enojo de la clase media y la desesperación de los empobrecidos. Pero su prioridad es la erosión de las conquistas democráticas logradas al cabo de muchos años de lucha.

En los hechos, Milei mantiene el retorno a los tiempos del expresidente Menem. No sólo promueve una escala semejante de privatizaciones, con mayor desregulación laboral y apertura comercial. También propone contrarrestar la superinflación actual con alguna reinstauración de la convertibilidad, que arruinaría en forma irreparable la economía del país.

En materia educativa, tal como lo explicó el profesor y político argentino, Daniel Filmus, en un estudio publicado en el portal Página12, “vemos, por primera vez en la historia argentina una situación inédita: Un gobierno que a partir del intento de aplicación de las teorías de la escuela económica austríaca y del anarcocapitalismo (filosofía extrema del liberalismo que propone la privatización de todos los bienes y servicios), que conceptualmente plantea que: a) el Estado no tiene que ser responsable de la gestión del sistema educativo y del acceso al derecho a la educación, ya que esto sería una responsabilidad de las familias y del mercado, y b) el modelo de desarrollo económico y de valores sociales no exige que la educación, la ciencia y la tecnología nacional jueguen un papel estratégico”.

Es importante recordar que el kirchnerismo modificó fuertemente el modelo de desarrollo llevado adelante en la década anterior, para lo cual concibió la educación como una herramienta de integración social y desarrollo económico que privilegió la industria.

Al contrario de lo hecho por los gobiernos anteriores, el proyecto que encabeza Javier Milei no plantea ninguna función definida para el sistema educativo. Ya en su campaña electoral, el actual presidente planteó que había que eliminar la educación obligatoria. No era una postura improvisada. Es la concepción que muchos de los economistas ultraliberales y de la escuela austríaca enuncian como dogma.

Más adelante, comentó el profesor Filmus que “ésta concepción no prevé que la educación juegue un papel importante en la formación para el trabajo, la productividad o el desarrollo científico-tecnológico. Principalmente, porque el modelo propuesto no incluye una ampliación del mercado de trabajo, un proceso de industrialización o de creación de conocimiento y tecnologías propias. Siguiendo las teorías del Capital Humano, los anarcocapitalistas sostienen que la sociedad no debe invertir en formar trabajadores o profesionales que no se sabe si encontrarán puestos laborales para ejercer su carrera, ya que ello implicaría “sobreeducar”. Bajo su paradigma, esto implica realizar un gasto público por el que no se obtendría una tasa de retorno que justifique la inversión social”. En otras palabras, ¿por qué la sociedad debería financiar los estudios de un futuro ingeniero que seguramente no podrá aplicar en el país los aprendizajes que obtuvo a lo largo años de estudio? Se trataría así de una inversión a riesgo que debería ser asumida por los particulares.

Además, a su llegada a la Casa Rosada, en su afán de reducir el gasto público, eliminó de un plumazo 8 ministerios de los 18 existentes, sin contar otras agencias del Estado, además de la eliminación de subsidios a las empresas que prestan servicios básicos y que el valor de la tarifa real sea transferido a los usuarios.

 

 Ecuador

Luego de la gestión de Lenin Moreno, quien llegó a la presidencia por los votos de la izquierda, el país había perdido la confianza y optó después por llevar a la presidencia al banquero Guillermo Lasso, quien entregó un país con una economía hiperinflacionaria y varios escándalos de corrupción. A todo esto se le sumó la ola de inseguridad ciudadana y el aumento de los asesinatos relacionados al narcotráfico. Los precios de los combustibles subieron hasta casi quedar igualados con los precios internacionales y estos aumentos afectaron el bolsillo de los ecuatorianos de a pie.

Bajo la misma visión, llegó Daniel Noboa a la presidencia y contrario a la espera de un cambio, el gobierno ha iniciado una política de “estado de excepción” que hasta ahora no ha disminuido la violencia en las calles,  la inseguridad ni el aumento del narcotráfico en el país. Estos escenarios son propicios para la extensión de los problemas económicos y de la marginalidad, que parecieran ser unos de los problemas determinantes que vive ese país.

 

Colombia

La historia del país vecino ha sido plagada de violencia, la ultraderecha colombiana carga con una feroz trayectoria de guerra contra los campesinos y trabajadores. Ha incurrido en un grado de salvajismo inigualable. En ningún otro país de la región se han encontrado tantas fosas comunes con restos de personas masacradas.

Además, se crearon bandas que se especializaron en el asesinato cotidiano de los militantes sociales, con una sistematicidad sin parangón en América Latina. Tan sólo en 2016 asesinaron a 198 dirigentes populares y a 1.284 luchadores sociales, el  terrorismo ha convertido a Colombia en la nación con mayores desplazamientos forzados de población de todo el continente.

Durante el gobierno de Iván Duque, la estructura narco-militar forjada por los clanes de la droga perfeccionó su capacidad operativa y ya exportó mercenarios para distintas labores. Así vimos como organizaron el asesinato del presidente haitiano Jovenel Möise, que muestra la estructura regional de esos criminales.

Además, conformaron un ejército paralelo, que ha intervenido desde hace décadas en la parapolítica, para mantener al país en el tope del ranking mundial de exportación de cocaína y que las principales figuras políticas de la derecha colombiana, mantienen incontables lazos con esa narco-economía.

Ahora el presidente Gustavo Petro afronta la monumental tarea de forjar la paz, frente a sectores reaccionarios que esperan el momento para el contraataque.

Frente a esto, tal como lo muestra el periodista investigador Alberto Vergara Paniagua, “la izquierda ha interpretado mejor la necesidad de cambio y ofrece un proyecto con el cual tú puedes estar de acuerdo o no, pero viene con un proyecto al fin y al cabo, dirigido al bienestar del ser humano, de las comunidades y de sus derechos dentro de sus diferencias”; mientras que la derecha parece haberse quedado sin proyecto más allá de pretender seguir siendo una colonia estadounidense ¡Ya los Pueblos despertaron!


AMELYREN BASABE/REDACCIÓN MAZO